Aprender inglés después de los 60: qué dice la ciencia sobre la memoria y el deterioro cognitivo

septiembre 1, 2026
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Estudiar un idioma durante la adultez demanda atención, memoria, flexibilidad y contacto social. Las investigaciones registran cambios positivos, aunque los especialistas advierten que no previene ni cura enfermedades como el Alzheimer.

Aprender inglés suele asociarse con mejores oportunidades laborales, viajes o acceso a nuevos contenidos. Sin embargo, en la adultez también puede convertirse en una actividad vinculada con el bienestar: obliga a recordar palabras, discriminar sonidos, interpretar significados, alternar reglas y animarse a mantener conversaciones. Es, en definitiva, un entrenamiento que compromete simultáneamente diferentes funciones cerebrales.

La pregunta adquiere relevancia en una Argentina cada vez más envejecida. Según el Censo 2022, el 11,9% de la población tiene 65 años o más y el país cuenta con 53 personas mayores por cada 100 menores de 15 años. A la vez, el Ministerio de Salud calcula que más de 500.000 argentinos viven con enfermedad de Alzheimer, responsable de entre el 60% y el 70% de los casos de demencia. Su incidencia, además, se duplica cada cinco años a partir de los 65.

Frente a este escenario, la ciencia estudia cómo las actividades intelectualmente exigentes pueden contribuir a construir lo que se conoce como reserva cognitiva: la capacidad del cerebro para utilizar sus redes de manera flexible y compensar, hasta cierto punto, los cambios asociados con la edad o con una enfermedad neurológica.

Aprender otro idioma concentra varias exigencias en una misma práctica. Para incorporar una palabra nueva hay que registrarla, retenerla y recuperarla. Para conversar se necesita escuchar, inhibir respuestas incorrectas, elegir términos y adaptarse al contexto. Si la actividad se desarrolla en grupo, también agrega interacción social, motivación y sentido de pertenencia.

Una investigación publicada en Frontiers in Neuroscience evaluó a 26 adultos sanos de entre 59 y 79 años que participaron de un programa de aprendizaje de una segunda lengua durante cuatro meses. Fueron 16 encuentros de dos horas, al término de los cuales se observaron mejoras en el rendimiento cognitivo global y una reorganización de la conectividad funcional del cerebro.

El resultado es prometedor, pero debe interpretarse con prudencia: la muestra fue pequeña y no permite afirmar que estudiar un idioma evite una demencia. Tampoco significa que el inglés sea un tratamiento médico. La evidencia muestra una posible contribución al mantenimiento de determinadas capacidades y a la construcción de reserva cognitiva, no una protección absoluta.

La prevención, además, es mucho más amplia. La Comisión de The Lancet sobre demencia identificó 14 factores modificables —entre ellos, baja escolaridad, aislamiento social, inactividad física, pérdida auditiva, hipertensión y depresión— y estimó que actuar sobre ellos podría prevenir o retrasar hasta el 45% de los casos de demencia. El aprendizaje de idiomas no figura como una intervención aislada dentro de ese porcentaje, pero puede reunir componentes valorados por la investigación: estimulación intelectual, educación permanente y vinculación social.

Un desafío posible a cualquier edad

La idea de que después de cierta edad ya no es posible aprender otra lengua se sostiene más en prejuicios que en una imposibilidad biológica. El proceso puede ser más lento y exigir mayor repetición, especialmente para fijar vocabulario o reconocer nuevos sonidos, pero el cerebro conserva capacidad de adaptación durante toda la vida.

Argentina, además, mantiene una relación extendida con el inglés. El EF English Proficiency Index 2025 ubicó al país en el puesto 26 entre 123 naciones y regiones, con 575 puntos, y en el primer lugar de América Latina. El índice se elaboró con resultados de 2,2 millones de adultos que realizaron voluntariamente una evaluación, por lo que no representa a toda la población, pero funciona como una fotografía del nivel alcanzado entre quienes participaron.

En el sistema educativo, un estudio de CIPPEC y British Council determinó que el 84% de los estudiantes secundarios accede a clases de inglés, mientras que en primaria la cobertura desciende al 54%. En la última década, el acceso creció siete puntos porcentuales en primaria y seis en secundaria. Sin embargo, no existe un registro nacional equivalente que permita saber cuántos adultos retoman o comienzan el idioma después de jubilarse.

Para ellos, la clave no parece estar en alcanzar rápidamente una certificación, sino en sostener un desafío progresivo: clases adaptadas, objetivos posibles, conversación, repetición espaciada y contenidos conectados con intereses personales. Comprender una película, desenvolverse durante un viaje o mantener una charla pueden convertirse en logros con impacto sobre la confianza y la autonomía.

Aprender inglés no detiene el paso del tiempo ni garantiza inmunidad frente al deterioro cognitivo. Pero puede ofrecer algo valioso: un motivo para ejercitar la mente, relacionarse y comprobar que la capacidad de aprender no tiene fecha de vencimiento.

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