Una investigación realizada sobre más de 40.000 adultos encontró que quienes concentraban el consumo de café durante la mañana presentaban menor mortalidad general y cardiovascular. En cambio, el patrón de beber café durante todo el día no mostró la misma asociación.
El café ocupa un lugar particular en la cultura empresarial.
Es combustible, ritual, excusa para una reunión y, en algunos casos, una extensión prácticamente permanente de la jornada laboral.
La conversación sobre sus efectos para la salud se concentró durante años en una pregunta: ¿cuántas tazas son demasiadas?
Una investigación publicada en el European Heart Journal incorporó otra variable: quizás también importe a qué hora se toman.
El estudio analizó información de 40.725 adultos estadounidenses provenientes del National Health and Nutrition Examination Survey y validó los patrones encontrados utilizando registros alimentarios detallados de otros 1.463 adultos. Los investigadores identificaron dos grandes comportamientos: quienes concentraban el café por la mañana y quienes lo consumían distribuido durante todo el día.
En el grupo principal, el 36% presentaba un patrón predominantemente matutino, mientras que alrededor del 16% bebía café a lo largo de toda la jornada. El resto no consumía café. Para el estudio, la mañana comprendía el período entre las 4 y las 11:59.
Durante una mediana de seguimiento de 9,8 años se registraron 4.295 fallecimientos, incluyendo 1.268 por enfermedad cardiovascular y 934 por cáncer.
Después de ajustar el análisis por múltiples variables —entre ellas edad, sexo, tabaquismo, actividad física, alimentación, diabetes, hipertensión, cantidad de café y problemas de sueño—, el patrón de consumo matutino se asoció con 16% menos riesgo de mortalidad por cualquier causa y 31% menos riesgo de mortalidad cardiovascular frente a quienes no bebían café.
El patrón de beber café durante todo el día, en cambio, no mostró una reducción estadísticamente significativa de la mortalidad general frente a quienes no lo consumían.
El dato no significa que empezar a tomar café por la mañana reduzca automáticamente el riesgo de morir.
Se trata de un estudio observacional. Las personas que concentran el café temprano podrían presentar otras características, algunas difíciles de controlar completamente, que expliquen parte de las diferencias.
Pero plantea una hipótesis especialmente interesante en el territorio del wellness: el momento de consumo puede ser tan relevante como la cantidad.
Los autores señalan entre las posibles explicaciones el reloj circadiano.
La cafeína consumida tarde puede interferir con señales biológicas relacionadas con el descanso y potencialmente alterar el sueño. También existen variaciones circadianas en procesos inflamatorios y hormonales. Sin embargo, los investigadores no demostraron que ese sea el mecanismo responsable de la menor mortalidad encontrada.
Para un ejecutivo, esto cambia parcialmente la lógica del café de las 18.
Esa taza suele utilizarse para prolongar artificialmente una jornada que ya comenzó muchas horas antes.
El beneficio inmediato resulta evidente: mayor sensación de alerta.
El costo potencial puede aparecer varias horas después, cuando llega el momento de dormir.
Ahí se genera una de las paradojas más habituales del rendimiento: utilizar cafeína para compensar cansancio durante la tarde y luego dormir peor, aumentando la necesidad de cafeína al día siguiente.
No todas las personas metabolizan la cafeína de la misma manera. La sensibilidad individual varía considerablemente y el trabajo tampoco establece una hora universal después de la cual nadie debería beber café.
Además, el café contiene numerosos compuestos además de cafeína, y en investigaciones poblacionales el consumo moderado ha sido asociado previamente con diferentes resultados favorables de salud. El nuevo trabajo no invalida esas investigaciones: introduce el horario como una variable adicional.
Para el lector de negocios, quizás el hallazgo más interesante no sea cardiovascular sino conceptual.
La optimización personal suele preguntar qué hacemos.
Cuánto entrenamos. Qué comemos. Cuántas horas dormimos. Cuánto café tomamos.
La cronobiología agrega otra pregunta: cuándo lo hacemos.
El cuerpo no funciona exactamente igual a las ocho de la mañana que a las diez de la noche.
Tal vez por eso la taza más importante no sea solamente la primera.
También puede ser aquella que decidimos no tomar cuando el día empieza a terminar.
