La canadiense Deep Sky entregó los primeros créditos verificados de Norteamérica provenientes de captura directa de aire. Microsoft y Royal Bank of Canada estuvieron entre los primeros compradores. La tecnología busca transformar la remoción de carbono en un servicio comercial medible.
Existe una diferencia fundamental entre reducir emisiones y remover carbono.
Instalar energía solar puede evitar que una nueva tonelada de CO₂ llegue a la atmósfera. Plantar árboles o utilizar determinadas tecnologías puede retirar carbono que ya está allí.
La segunda opción está dando origen a un mercado completamente nuevo.
La compañía canadiense Deep Sky anunció en junio la entrega de los primeros créditos verificados de Norteamérica generados mediante tecnología de direct air capture, o captura directa de aire. Los compradores iniciales fueron Microsoft y Royal Bank of Canada.
La instalación, llamada Deep Sky Alpha, funciona en Alberta y está diseñada para capturar aproximadamente 3.000 toneladas de CO₂ por año. El carbono es separado del aire y almacenado permanentemente bajo tierra.
A diferencia de un crédito basado en evitar hipotéticamente una emisión futura, el modelo busca medir una remoción física: una determinada cantidad de dióxido de carbono es capturada, cuantificada, verificada y almacenada.
Ese procedimiento permite convertir algo extremadamente abstracto —una tonelada menos de carbono en la atmósfera— en un producto comercial verificable.
Microsoft es uno de los actores corporativos más activos del mercado debido a sus compromisos climáticos y al crecimiento de sus centros de datos. La enorme expansión de infraestructura necesaria para inteligencia artificial está elevando el consumo energético del sector tecnológico, aumentando simultáneamente la necesidad de encontrar mecanismos de reducción y remoción de emisiones.
Deep Sky ya tiene además acuerdos comerciales con compañías como TD Bank, Lufthansa y ENGIE, lo que demuestra que empieza a formarse una cartera corporativa de compradores.
Desde el punto de vista empresarial, la industria presenta un modelo especialmente interesante.
Una planta invierte en equipos capaces de capturar CO₂. Una infraestructura geológica permite almacenarlo. Una empresa independiente verifica la remoción. Finalmente, un cliente corporativo compra cada tonelada registrada.
El carbono eliminado se convierte así en una unidad económica.
El problema todavía es el costo.
La captura directa de aire requiere grandes cantidades de energía y las instalaciones actuales tienen escalas relativamente pequeñas. Investigaciones recientes muestran que llevar la tecnología a niveles de gigatoneladas demandaría reducciones importantes de costos, infraestructura y políticas públicas de apoyo durante largos períodos.
Por eso resulta prematuro pensar que DAC reemplazará políticas tradicionales de descarbonización. Evitar una emisión normalmente resulta mucho más eficiente que emitir primero y pagar después para retirar ese carbono.
Pero existen sectores donde eliminar completamente las emisiones será extremadamente difícil. Aviación, cemento, acero, agricultura o determinados procesos químicos probablemente conservarán emisiones residuales durante décadas.
Allí aparece el mercado potencial.
Para los empresarios, además, el fenómeno permite observar cómo nacen nuevas industrias: primero existe un problema, después aparece una tecnología, luego una metodología para medir el resultado y finalmente un mercado dispuesto a pagarlo.
Deep Sky acaba de atravesar justamente ese último paso.
La captura directa de aire todavía está lejos de ser una industria masiva. Pero cuando compañías como Microsoft empiezan a comprar toneladas verificadas, la conversación deja de tratar únicamente sobre ciencia climática.
Empieza a tratar sobre proveedores, contratos, costos, capacidad instalada y clientes. Es decir: empieza a convertirse en negocio.
