Los ingresos de la red de órbita baja OneWeb alcanzaron €297 millones y ya explican una cuarta parte de las ventas de Eutelsat. El crecimiento muestra cómo las constelaciones satelitales empiezan a convertirse en infraestructura para gobiernos, compañías, barcos y operaciones donde perder conexión puede significar perder dinero.
Durante muchos años, conectarse a Internet por satélite era casi una solución de último recurso.
Se utilizaba cuando no llegaba fibra, cable ni una buena red móvil.
La aparición de constelaciones en órbita terrestre baja —LEO— está cambiando esa percepción.
Eutelsat informó que los ingresos de su negocio LEO, basado en la constelación OneWeb, crecieron 69,5% durante su último ejercicio fiscal y alcanzaron €297 millones. Ese segmento pasó a representar aproximadamente el 25% de los ingresos del grupo, frente a cerca del 15% un año antes.
El crecimiento contrasta con la evolución más madura del negocio tradicional de satélites geoestacionarios y explica buena parte de la estrategia futura de la compañía.
Los ingresos totales de Eutelsat fueron de €1.235,9 millones, con crecimiento like-for-like del 3%, mientras el EBITDA ajustado alcanzó €632,4 millones y un margen del 51,2%.
OneWeb posee más de 600 satélites distribuidos en órbitas bajas y se orienta principalmente al mercado B2B y gubernamental, no al consumidor residencial masivo.
Eso la diferencia de buena parte del posicionamiento público de Starlink.
Reuters describió a Eutelsat como el único proveedor de una red LEO verdaderamente global fuera de Starlink, una característica que además adquiere importancia política en Europa, donde gobiernos buscan reducir dependencia de infraestructura tecnológica estadounidense.
Para una empresa, la oportunidad está en la resiliencia.
Un comercio urbano posiblemente tenga fibra y 5G disponibles simultáneamente. Pero una mina, una plataforma petrolera, un barco, una aeronave, una planta industrial remota o una operación logística internacional puede carecer de esa redundancia.
Cuando una hora sin conectividad cuesta miles o millones, el satélite deja de competir únicamente por precio. Compite por continuidad operativa.
Esa lógica se vuelve especialmente relevante a medida que las propias empresas dependen más de la nube.
Un barco moderno envía información sobre motores, combustible, rutas, carga y mantenimiento. Una mina utiliza sensores y sistemas remotos. Una compañía energética necesita transmitir datos desde instalaciones dispersas.
Si los procesos se digitalizan pero la red física que los conecta es frágil, la digitalización completa también lo es.
Por eso las redes LEO pueden terminar funcionando como una segunda conexión empresarial.
Eutelsat firmó, por ejemplo, acuerdos para ampliar OneWeb en el sector marítimo. Un convenio anunciado con Station Satcom contempla una cartera de más de 1.000 embarcaciones donde podrían desplegarse servicios LEO.
El modelo comercial también muestra cómo cambia la industria espacial.
El negocio ya no termina después de construir y lanzar un satélite. El verdadero activo es la red completa, compuesta por cientos de naves, estaciones terrestres, terminales, software y contratos recurrentes.
Eso la aproxima mucho más a una compañía de telecomunicaciones que a un fabricante aeroespacial.
Existen desafíos significativos. Mantener constelaciones requiere reemplazar satélites, invertir constantemente y competir con SpaceX, una compañía que posee simultáneamente sus propios cohetes y su propia red.
Eutelsat incluso continúa registrando márgenes inferiores en la expansión LEO respecto de algunos de sus servicios tradicionales, uno de los motivos por los que el mercado recibió con cautela sus previsiones financieras.
Pero la tendencia comercial resulta clara.
Internet satelital ya no es solamente tecnología para conectar al que está demasiado lejos. Empieza a ser tecnología para conectar al que no puede permitirse quedar desconectado.
Y esa diferencia transforma por completo el tamaño del mercado.
