Fer Dente: de la fama adolescente a construir una carrera con disciplina, intuición y oficio

julio 2, 2026
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Llegó a la exposición masiva con High School Musical, pero eligió no quedarse solo en la fama. Hoy dirige obras, forma artistas y piensa el teatro como un proyecto donde la creatividad también necesita método, liderazgo y visión empresarial.

Fernando Dente tenía apenas 17 años cuando High School Musical lo puso frente a una exposición que todavía recuerda como parte de “otro momento”. No había Instagram, TikTok ni métricas inmediatas de seguidores. La fama llegaba por el teatro, por el contacto con la gente, por los chicos que esperaban a la salida de una función. Pero detrás de ese fenómeno adolescente había algo que, con el tiempo, se volvería central en su carrera: formación, disciplina y una búsqueda sostenida por hacer las cosas en serio.

Su vínculo con el teatro empezó mucho antes. De chico, en una casa sin una tradición artística fuerte, se sintió fascinado por el ritual teatral: la espera antes de que se levantara el telón, los camarines, el backstage, la transformación de los actores. A los 10 años vio Chicago y sintió que había encontrado su lugar. Después llegó la escuela de Hugo Midón, su primer trabajo profesional en Derechos Torcidos y una certeza: quería ser actor.

Esa decisión no era evidente. En su entorno, como suele ocurrir, el arte aparecía asociado a la fama o a la precariedad. Pero al trabajar desde muy joven descubrió otra cosa: detrás del escenario había coreógrafos, vestuaristas, escenógrafos, asistentes y maestros que vivían de su oficio. Ese hallazgo le permitió imaginar una vida posible dentro del teatro, no solo como figura visible sino como parte de una industria.

Por eso, incluso después de la explosión de High School Musical, Dente eligió seguir estudiando. Durante más de una década combinó funciones, clases de canto, danza, actuación y formación en el exterior. “La formación fue mi ansiolítico”, contó durante la entrevista. Para él, estudiar no era una obligación externa sino una manera de ordenar la ansiedad, sostener el deseo y honrar el lugar de privilegio que sentía ocupar desde muy joven.

Hoy ese recorrido aparece en una nueva etapa: la de director, productor y formador. Dente dirige musicales, piensa elencos, públicos, comunicación y también modelos de producción. En Hairspray, por ejemplo, tomó una decisión que en su momento parecía arriesgada: convocar a Damián Betular. No venía del teatro musical, pero Dente vio algo en su presencia escénica, en su vínculo con la gente y en su capacidad de trabajo. La apuesta funcionó: Betular se preparó durante un año y la obra se convirtió en uno de los fenómenos de la temporada.

El artista también lleva adelante el Instituto Argentino de Musicales junto a Ricky Pashkus y otros socios. La escuela tiene alrededor de 1000 alumnos, sedes en Palermo y Recoleta, programas de becas y una formación intensiva que, según Dente, funciona casi como una universidad para jóvenes que quieren dedicarse al teatro musical. Allí también aparece una mirada emprendedora: balances, crecimiento, identidad de marca, pertenencia y profesionalización.

Pero si hay una idea que atraviesa toda su historia es la disciplina. Dente rechaza la imagen del artista asociado al caos. Para él, especialmente en el teatro musical, la disciplina no limita la creatividad: la habilita. “Mi manera de liderar es que la gente esté bien haciendo lo que hay que hacer”, resumió. En sus ensayos hay reglas, puntualidad, cuidado y una forma de trabajo que busca evitar el maltrato y el desorden.

Después de conducir Noche al Dente y pasar por Olga, decidió correrse de algunos espacios para enfocarse en la dirección teatral. No lo vive como una renuncia, sino como parte de un camino orgánico: cerrar ciclos para abrir otros. En una industria donde muchas veces la exposición parece ser el objetivo final, Fernando Dente construye otra tesis: la fama puede abrir una puerta, pero solo el oficio, la formación y la disciplina permiten quedarse.

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