Antes de formar junto a Gustavo Pucheta una de las duplas más reconocidas de la moda argentina, Fabián Paz pasó por talleres, ferias, deudas, fábricas y marcas propias. Su historia muestra el lado menos glamoroso —y más emprendedor— de una industria asociada a las alfombras rojas y las celebridades.
Fabián Paz suele presentarse, antes que como diseñador, como zapatero. No es una definición menor. En una industria muchas veces dominada por la imagen, las tendencias y el brillo de los famosos, él reivindica el oficio: aprender la moldería, conocer los materiales, entender el proceso completo y saber cómo se construye una pieza desde cero.
Su vínculo con la moda empezó hace más de 30 años, cuando hacía zapatos de manera artesanal, a medida, en un garage y para ferias junto a amigos. El fanatismo, cuenta, vino de su madre, una apasionada de los zapatos. Con el tiempo estudió el oficio en distintos lugares, hizo experiencias en Italia y terminó convirtiendo esa formación manual en el punto de partida de una carrera atravesada por la creatividad, pero también por golpes empresariales.
El primer gran intento llegó en 2003, con un pequeño local en Palermo, en una zona que todavía no tenía el movimiento comercial que tendría después. Allí hacía zapatos de cuero de pescado, una propuesta demasiado adelantada para el mercado local de ese momento. El emprendimiento duró dos años. No pasaba casi nadie, el local era atendido por sus propios dueños y, como suele ocurrir en las historias reales de emprendedores, terminó quebrando.
Después de la caída, Paz decidió no abandonar. Armó una carpeta con diseños, materiales e ideas y salió a tocar puertas. Había hecho una lista de diez marcas posibles y empezó por arriba. En la primera visita, una marca grande aceptó sus diseños y le encargó cientos de pares. El problema era que él venía de producir dos zapatos por día. Ese pedido lo obligó a buscar fábricas, entender la producción en volumen y entrar en otra escala. Ese salto lo sacó de las deudas más urgentes y abrió una nueva etapa profesional.
La fábrica que produjo esos zapatos terminó contratándolo. Durante siete años trabajó como una suerte de director de fábrica y director creativo para distintas marcas de moda. Allí conoció desde adentro el funcionamiento industrial del rubro: tiempos, costos, volumen, proveedores, colecciones y presión comercial. Más tarde llegó Valdés, la marca que creó junto a Guillermina, con la que vivió una etapa de fuerte crecimiento, locales, exposición y reconocimiento.
Pero el éxito también tuvo su costo. Paz reconoce que hubo un momento en el que dejó de disfrutar. La marca crecía, la presión aumentaba y lo que más le gustaba —diseñar y vincularse con la gente— empezó a quedar tapado por la gestión, los empleados, los problemas societarios y la exposición. Antes de la pandemia vendió su parte y decidió correrse. Lo define como una de las mejores decisiones de su vida.
El siguiente capítulo fue también personal. Tras separarse luego de 18 años de matrimonio, conoció a Gustavo Pucheta, primero como colega y después como pareja. La relación derivó naturalmente en sociedad creativa: ambos eran obsesivos del trabajo y, si no trabajaban juntos, casi no tenían tiempo para verse. Así nació una dupla que combinó dos mundos: la potencia creativa de Pucheta y la mirada más sintética, artesanal y estratégica de Paz.
Hoy Pucheta Paz está enfocada principalmente en la alta costura, los vestidos de novia, los trajes a medida y las piezas artesanales. En un mercado atravesado por la apertura de importaciones, la competencia de precios y la fragilidad de la industria local, Paz considera que el camino de la marca está en el valor agregado: la experiencia, el diseño propio, la atención personal y el trabajo de bordadoras, patronistas y artesanos.
Esa elección también es una definición empresarial. No competir por volumen, sino por identidad. No copiar lo que hace otro, sino construir un universo reconocible. No regalar trabajo a cambio de exposición, sino entender que toda colaboración debe funcionar para ambas partes.
Por eso, cuando le preguntan qué le recomendaría a alguien que quiere empezar en el oficio, Paz no habla solo de inspiración. Habla de estudiar, de prepararse, de entender números, finanzas y costos. “Hoy cualquiera tiene una marca de Instagram”, plantea. El problema es sostenerla en el tiempo.
Su historia tiene moda, famosos y alfombras rojas, pero también talleres, deudas, fábricas, decisiones difíciles y reinvenciones. En esa combinación aparece la verdadera trama emprendedora de Fabián Paz: la de alguien que aprendió a construir desde el oficio, cayó más de una vez y nunca le tuvo miedo a volver a empezar.
