El histórico productor y exdirector de Telefe repasó sus inicios, su vínculo con la pantalla, la era de VideoMatch, los éxitos y fracasos de la TV argentina, y dejó una mirada crítica sobre el presente de los medios.
Claudio Villarruel llegó a la televisión mucho antes de convertirse en uno de los nombres clave de la industria audiovisual argentina. Su primer vínculo con ese mundo fue íntimo, casi familiar. De chico se escapaba del colegio para ir a ver a su padre, Sergio Villarruel, histórico conductor de Telenoche. “Llegué a la televisión buscando un padre”, recordó. La imagen de ese estudio, el noticiero en marcha y su padre al frente de la pantalla marcaron una fascinación que todavía conserva.
Pero su camino no empezó desde arriba. Villarruel trabajó desde muy joven como cadete, asistente y productor, comprando cigarrillos, llevando cafés y sándwiches, mientras estudiaba Sociología. Él mismo lo resume con humor: en la facultad era “el boludo que trabajaba en televisión” y en la televisión, “el zurdito intelectual que estudiaba sociología”. Esa doble pertenencia, entre lo popular y lo intelectual, atravesaría buena parte de su carrera.
Uno de sus grandes maestros fue Juan Alberto Badía, a quien define como una figura decisiva en su formación. Con él dio un salto profesional y empezó a encontrar su propio lugar. Después llegaron experiencias como La TV Ataca, Crema Americana y, más tarde, el llamado de Marcelo Tinelli para sumarse a VideoMatch. Al principio dijo que no: tenía apenas 24 años y estaba convencido de quedarse en América, donde era productor general de un programa chico. Pero su equipo lo empujó a aceptar. Finalmente fue a Telefe y empezó una etapa que marcaría a una generación.
En VideoMatch, Villarruel encontró un laboratorio de humor popular, riesgo y masividad. Llevó a actores y humoristas que venían de otros circuitos, apostó por talentos que no siempre querían ir a la televisión y ayudó a convertir sketches en fenómenos. Uno de los ejemplos más recordados fue Lovisón del Oeste, que pasó de ser una idea humorística a vender 350.000 discos. Lo singular, según contó, fue que los derechos se compartieron entre productores, asistentes y parte del equipo. “Todos se llevaron un departamentito”, recordó, como símbolo de una época en la que la televisión podía generar dinero, impacto y cultura popular al mismo tiempo.
Villarruel también habló de los fracasos. Reconoció que, incluso en los años de mayor éxito, hubo programas que tuvo que levantar y decisiones que salieron mal. En aquella televisión de cuatro canales, un ciclo con 16 puntos podía ser considerado un fracaso. La vara era otra: Telefe competía en una industria donde la ficción, el entretenimiento y los grandes formatos concentraban audiencias masivas.
Esa televisión, según él, ya no existe en los mismos términos. Villarruel contó que cuando dejó Telefe empezó a observar señales que anticipaban el cambio: YouTube, Netflix, Twitter y la transformación de los hábitos de consumo. Su lectura fue contundente: la televisión terminaría siendo “una aplicación más” dentro del Smart TV. Hoy cree que la TV abierta no está muerta, pero sí perdió centralidad frente a la conectividad, las plataformas y las redes.
También fue crítico con el presente de los medios y los streamings. Para Villarruel, muchos espacios digitales todavía no están profesionalizados y carecen de estructuras editoriales claras: responsables, editores, criterios de chequeo y conducción profesional de crisis. En ese punto, marcó una diferencia entre tener audiencia y construir un medio. El problema, sostiene, no son las redes en sí, sino la falta de responsabilidad cuando cualquiera puede emitir, opinar o informar sin los filtros básicos del oficio.
Aun así, no mira lo nuevo con desprecio. Al contrario: ve en los creadores digitales, youtubers y streamers una etapa de transición donde “lo viejo se apaga” y aparecen nuevos lenguajes. El desafío, para él, será que después del ruido queden los talentos, los formatos y las estructuras capaces de sostenerse.
Entre la nostalgia por una televisión que hacía cuatro tiras de ficción por día y la lucidez para leer el presente, Claudio Villarruel aparece como algo más que un productor exitoso. Es alguien que vivió desde adentro el auge de la TV argentina, entendió su poder cultural y también vio venir su crisis. Su historia confirma que los medios cambian, las plataformas se transforman y las audiencias migran, pero el oficio —mirar, producir, elegir, arriesgar y hacerse responsable— sigue siendo el verdadero centro del negocio.
