Inteligencia artificial y toma de decisiones: solo el 24% de las empresas deja la responsabilidad final en manos del CEO

septiembre 2, 2026
Por
4 min de lectura

La IA no solo transforma cómo trabajamos: transforma la arquitectura de las decisiones. Pero si cambia quién produce el juicio, también debemos rediseñar quién lo valida, quién puede objetarlo y quién responde por sus consecuencias. El problema es que si lo que queremos ahorrar es el peso de hacernos cargo, la IA, con sus respuestas que suenan seguras, se vuelve la aliada perfecta para la parálisis por análisis.

Solo el 24% de las empresas ubica en el CEO o el comité ejecutivo la responsabilidad final por las decisiones informadas o ejecutadas con inteligencia artificial. En las demás, esa responsabilidad se desplaza hacia otros ejecutivos, líderes de área, comités o esquemas compartidos. El dato es de KPMG: más de 2.000 líderes, veinte países, este año.

Lo podés leer como un problema de gobernanza, de derechos de decisión mal definidos o de organigramas confusos. Yo lo leo también como la versión moderna de algo mucho más viejo: la costumbre profundamente humana de buscar un oráculo que decida por nosotros para aliviar el peso de hacernos cargo.

Creso, rey de Lidia, quería atacar al imperio persa y mandó a consultar al oráculo de Delfos. La respuesta fue que, si cruzaba el río Halys, destruiría un gran imperio. Cruzó. El imperio que se destruyó fue el suyo.

Veinticinco siglos después seguimos haciendo algo parecido. Cambió el oráculo, no la costumbre. Hoy no viajamos a Delfos: le preguntamos a una herramienta de inteligencia artificial. Y es un oráculo mucho mejor que el antiguo, porque contesta en segundos, con tono seguro y datos que parecen sólidos. Por eso mismo puede ser más peligroso. La seguridad con la que algo está dicho no tiene ninguna relación necesaria con que sea cierto.

La pregunta que me hago no es tecnológica y resulta bastante más incómoda: ¿por qué buscamos oráculos?

Mi sospecha es que no siempre lo hacemos para ganar tiempo. Muchas veces lo hacemos para aliviar el peso de hacernos cargo. Tomar una decisión es animarse a correr un riesgo, y el riesgo pesa. Si sale mal y la decisión fue mía, el problema también es mío. Si la sugirió el oráculo, algo de esa carga parece repartirse. Buscar a alguien, o ahora algo, que parezca saber más es una forma muy humana de aflojar la sensación de responsabilidad. Antes esa esperanza tenía forma de profecía. Hoy tiene forma de recomendación algorítmica.

Lo veo en las salas. Trabajo con equipos de muchas empresas y esa duda sana casi nunca aparece sola. Lo que aparece primero es confianza. Llega la recomendación y se sigue de largo. Recién cuando pregunto algo, a veces algo tan básico como en qué se apoya ese número, la conversación se abre. Y se abre enseguida, con ganas.

Eso me dice que el criterio estaba ahí, disponible, y que nadie lo estaba usando. No porque la gente no sepa, sino porque cuestionar te vuelve a poner la decisión encima, y era justo lo que el oráculo venía a sacarte.

Por eso no alcanza con decir que «hay un humano en el circuito». Si ese humano no comprende, no cuestiona o no tiene autoridad para apartarse de la recomendación, su supervisión es apenas ceremonial.

Acá quiero ser clara, porque es fácil malinterpretarme. No estoy diciendo que haya que confiar menos en la máquina y más en el instinto. El instinto también es un oráculo y falla de maneras bastante conocidas: sesgos, cansancio, miedo, intereses, exceso de confianza. «Me lo dice el algoritmo» y «me lo dice mi experiencia» son la misma maniobra cuando las usamos para no pensar.

Un metaanálisis publicado en Nature Human Behaviour revisó 106 experimentos y encontró algo incómodo: en promedio, las combinaciones entre humanos e inteligencia artificial rindieron peor que el mejor de ambos trabajando por separado. Y las pérdidas aparecieron especialmente en las tareas de toma de decisiones.

Juntar una persona y una máquina no garantiza nada. Si cada una delega en la otra, se combinan las dos debilidades. El enemigo no es la tecnología. Es la ilusión del oráculo, venga de donde venga.

Herbert Simon se adelantó a este desafío en 1971: escribió que cuando la información abunda, lo que escasea es la atención necesaria para procesarla. Yo lo actualizaría así: hoy no nos falta información, nos falta criterio. Y el criterio no se compra ni se descarga. Se ejerce. Y da trabajo.

Adentro de las empresas, esta dificultad deja una huella concreta. Volvamos al 24% del principio. En muchos de los demás casos, la responsabilidad se desplaza entre ejecutivos, áreas y comités. A veces está distribuida con sentido. Otras, se reparte hasta volverse difícil de encontrar: un poco el proveedor, un poco Tecnología, un poco el área usuaria, un poco un comité que se reúne cada tanto. Cuando algo funciona, todos firman. Cuando algo falla, no estaba nadie.

A la distancia entre nuestra capacidad para producir respuestas y nuestra capacidad para convertirlas en decisiones responsables la llamo la brecha de decisión. La tecnología acelera la primera. El criterio, la autoridad y la responsabilidad no necesariamente avanzan al mismo ritmo.

No es solamente un problema de organigrama. Es la ilusión del oráculo escalada a toda la organización.

Y acá está el punto que, para mí, cambia todo. Buscamos oráculos para acertar. Pero acertar no es la meta. Es una promesa de certeza, y la certeza es justo lo que el oráculo vende y nunca puede cumplir.

La meta no es tomar siempre la decisión correcta. Es aprender a tomar mejores decisiones, que es algo bastante diferente. Decidir mejor es integrar todo lo que la inteligencia artificial puede aportar, dudar de eso, contrastarlo con el contexto y aceptar que finalmente vamos a decidir sin garantías. Y que la responsabilidad seguirá siendo nuestra.

El que quiere acertar terceriza. El que quiere decidir mejor se queda con el riesgo.

El oráculo de Delfos existía. Lo que nunca existió fue la certeza que prometía. Creso recibió una respuesta; lo que no pudo delegar fueron sus consecuencias.

Con la inteligencia artificial sucede algo parecido. Es una herramienta extraordinaria. Puede ampliar la información, mostrarnos alternativas y ayudarnos a ver lo que solos no vemos. Pero ninguna respuesta, por rápida y segura que suene, puede quitarnos la parte más difícil y más humana de decidir: bancarnos lo que decidimos. Esa incomodidad no es una falla del proceso. Es el proceso.

Por eso, casi todas las empresas se preguntan cuánta IA están usando. Es la pregunta equivocada. La que importa es cuánto criterio conservan mientras la usan. Esa, por ahora, no la mide nadie.

Deja una respuesta

Your email address will not be published.

Lo último de Blog