Dormir ocho horas puede no ser suficiente: acostarse a horarios cambiantes se vinculó con el doble de riesgo cardiovascular

septiembre 22, 2026
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Un estudio siguió durante una década a más de 3.200 adultos de mediana edad y encontró que, entre quienes dormían menos de ocho horas, la irregularidad en el horario de acostarse se asoció con un riesgo aproximadamente dos veces mayor de sufrir eventos cardiovasculares graves.

La conversación sobre descanso suele reducirse a una cifra: cuántas horas dormimos.

Siete. Ocho. Seis y media.

Pero la ciencia del sueño viene incorporando otra variable que puede ser especialmente incómoda para quienes tienen agendas imprevisibles: no solamente importa cuánto se duerme; también podría importar la regularidad con la que el cuerpo sabe cuándo debe hacerlo.

Una investigación publicada en marzo de 2026 en BMC Cardiovascular Disorders siguió durante aproximadamente diez años a 3.231 participantes de la Northern Finland Birth Cohort 1966. Todos rondaban los 46 años cuando se realizó la medición inicial.

En lugar de preguntarles simplemente a qué hora se acostaban, los investigadores utilizaron dispositivos colocados en la muñeca para observar sus patrones de actividad y sueño. Evaluaron específicamente cuánto variaban, de un día a otro, el horario de acostarse, el horario de levantarse y el punto medio del período de sueño.

Durante el seguimiento se registraron 128 eventos cardiovasculares graves, entre ellos infartos, angina inestable, accidentes cerebrovasculares, hospitalizaciones por insuficiencia cardíaca y muertes cardiovasculares.

El resultado más relevante apareció entre quienes dormían menos que la mediana del grupo, que era de 7 horas y 56 minutos.

En ese segmento, las personas con horarios de acostarse más irregulares presentaron aproximadamente el doble de riesgo de sufrir un evento cardiovascular grave frente a quienes mantenían horarios más estables. La irregularidad del punto medio del sueño mostró prácticamente el mismo resultado.

Curiosamente, la variabilidad en la hora de despertarse no mostró la misma asociación.

El estudio no demuestra que acostarse un día a las 23 y otro a la 1 provoque un infarto. Es observacional y, además, el número absoluto de eventos fue relativamente pequeño. Los propios investigadores plantean que los resultados deben interpretarse en ese contexto.

Pero introduce un concepto particularmente útil para la vida ejecutiva: el cuerpo también trabaja con agenda.

Los ritmos circadianos regulan procesos vinculados con sueño, metabolismo, presión arterial, hormonas y funcionamiento cardiovascular. Cuando los horarios cambian constantemente, el organismo debe ajustar una y otra vez esas señales internas.

Para una persona con una rutina laboral convencional quizá resulte relativamente sencillo mantener horarios parecidos.

Para un fundador o CEO puede ser mucho más difícil.

El lunes aparece una cena de negocios. El martes hay que terminar una presentación. El miércoles un vuelo temprano obliga a levantarse a las cinco. El viernes empieza el fin de semana y la hora de dormir vuelve a desplazarse.

La cantidad total de sueño puede parecer razonable cuando se mira el promedio semanal. La regularidad, sin embargo, puede ser completamente diferente.

Ese fenómeno suele acercarse a lo que se conoce como social jet lag: una especie de pequeño cambio de huso horario provocado no por viajar, sino por modificar repetidamente los horarios de sueño entre días laborales y fines de semana.

No significa que la vida necesite organizarse con precisión militar.

Una cena, un viaje o una salida no destruyen la salud cardiovascular.

El problema potencial aparece cuando la excepción se convierte en estructura.

Para un líder, existe además una razón cognitiva para prestar atención. Un horario previsible reduce una decisión más dentro del día. Dormir deja de ser aquello que sucede cuando finalmente terminamos todo y pasa a ser un bloque que también condiciona qué cosas aceptamos hacer antes.

Esa inversión conceptual puede resultar importante.

La mayoría protege primero las reuniones y luego intenta encontrar un espacio para descansar. Quizá algunas noches debería ocurrir exactamente al revés.

La investigación finlandesa no permite establecer cuál es el margen ideal de variación ni ofrece una hora universal para acostarse. Cronotipo, responsabilidades familiares y horarios laborales son diferentes en cada persona.

Pero sí agrega una nueva dimensión a la definición de buen descanso.

Dormir bien no consiste solamente en sumar horas. También puede significar que el organismo no tenga que adivinar cada noche cuándo empieza el día siguiente.

Fuente principal: BMC Cardiovascular Disorders.

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