La historia de Gerardo Feldman tiene todos los ingredientes de una épica emprendedora: crisis, caída, reinvención y ambición. Arquitecto de formación, su carrera en la Argentina venía en ascenso hasta que el derrumbe de 2001 le cambió el mapa por completo.
En plena crisis del corralito, cuando estaba terminando su primer edificio y debía afrontar una deuda millonaria con un banco de Estados Unidos, entendió que ya no podía sostener el plan que había imaginado. Pasó, según su propio relato, de una vida de expansión y proyectos a subirse a un avión rumbo a Miami con apenas US$ 2.700 y la urgencia de empezar de nuevo.
Allá no encontró de inmediato lugar como arquitecto. Sin idioma, sin contactos sólidos y con la presión de una deuda que lo asfixiaba, tuvo que moverse por fuera de cualquier libreto. Durante un año y medio sobrevivió como pudo, hasta que una escena casual cambió todo: escuchó a un empresario decir que importaba mármol desde España, pero que no tenía quién lo instalara. Feldman se acercó, se ofreció y convirtió esa oportunidad en su primer gran punto de apoyo.
Aunque admite que no sabía realmente instalar mármol, entendió algo decisivo: él no necesitaba hacer todo con sus manos, sino organizar el trabajo. Así armó cuadrillas, salió a buscar gente, estructuró el servicio y transformó una necesidad ajena en un negocio propio. Fue, en definitiva, su primera gran reinvención en Estados Unidos.
Con el tiempo, esa lógica de detectar oportunidades y avanzar incluso sin garantías lo llevó a otra escala. Desde el mundo de la construcción pasó a involucrarse en estudios de grabación, un terreno que tampoco conocía en profundidad al comienzo, pero en el que volvió a apostar. El resultado fue una carrera internacional que lo conectó con artistas y figuras reconocidas, entre ellos el hijo menor de Bob Marley.
La historia de Feldman no se apoya en una narrativa prolija ni académica del emprendedor. Al contrario: él mismo reivindica cierta dosis de inconsciencia como motor para avanzar. En su visión, si uno se detiene demasiado a pensar todos los riesgos, muchas veces no arranca. Por eso repite una idea que resume su filosofía: más que obsesionarse con cuánto gasta, hay que concentrarse en cuánto puede producir.
Su recorrido también deja una mirada sobre el presente. Para Feldman, emprender exige arriesgar, animarse antes de tener todo resuelto y, al mismo tiempo, incorporar método para corregir el rumbo. En esa combinación entre impulso y disciplina aparece, quizás, la clave de una historia que empezó con el derrumbe de un país y siguió con una reconstrucción personal a fuerza de decisión.
Porque a veces una carrera no se define por el plan original, sino por la capacidad de levantarse cuando todo explota. Y en ese punto, la historia de Gerardo Feldman encuentra su mayor potencia.
