Facundo Díaz, fundador de /Q99, explicó por qué la computación cuántica puede transformar la salud, la energía, la logística, la seguridad y hasta la forma en que pensamos el futuro. También advirtió que Argentina tiene una oportunidad única si logra moverse a tiempo.
La computación cuántica todavía suena lejana, abstracta y difícil de explicar. Pero para Facundo Díaz, fundador de /Q99, ya no se trata de ciencia ficción. Es una tecnología incipiente, sí, todavía inmadura, pero con un potencial capaz de cambiar la forma en que resolvemos algunos de los problemas más complejos del mundo.
“Es un nuevo tipo de computación que nos permite hacer cosas trascendentalmente mejores que la mejor computación que podemos tener hoy”, explicó durante su paso por Emprendedores Argentinos.
A diferencia de la computación clásica, basada en ceros y unos, la computación cuántica trabaja con cubits y con principios de la mecánica cuántica. Eso le permite abordar problemas que hoy ni siquiera pueden ser planteados por las computadoras más potentes. Díaz resume sus usos principales en tres grandes áreas: cálculo, simulación y optimización.
El primer impacto está en los cálculos matemáticos extremadamente complejos. Allí aparece una de las grandes alertas: la posibilidad de romper sistemas de encriptación que hoy sostienen buena parte de la seguridad informática global. “La computación cuántica puede romper los sistemas de seguridad que utilizamos”, advirtió.
El segundo campo es la simulación. Una computadora cuántica puede analizar escenarios casi infinitos al mismo tiempo y acelerar procesos que hoy llevarían años o incluso siglos. En salud, por ejemplo, podría ayudar a combinar proteínas y compuestos para desarrollar nuevas drogas o tratamientos de manera mucho más rápida.
El tercer uso es la optimización. Díaz lo explica con el ejemplo de un laberinto: mientras una computadora clásica prueba camino por camino, una cuántica puede evaluar múltiples posibilidades a la vez y señalar cuál tiene mayor probabilidad de ser la mejor. Esa lógica puede aplicarse a logística, energía, petróleo, rutas, transporte, distribución y muchas otras industrias.
Uno de los casos concretos que mencionó es Vaca Muerta. Desde /Q99 ya trabajan en problemas vinculados a la industria del gas y el petróleo, como la identificación de mejores zonas para perforar. En lugar de depender solo de modelos tradicionales, ingenieros y supercomputadoras clásicas, la computación cuántica permite procesar grandes volúmenes de información y sugerir escenarios con mayor precisión probabilística.
“Si todos están buscando dónde perforar, una computadora cuántica puede analizar el terreno y decir: prueben por acá o por acá con esta probabilidad”, resumió.
Pero el impacto no se limita a las grandes corporaciones. Díaz cree que, con el tiempo, esta tecnología también puede llegar a la vida cotidiana. Por ejemplo, en entregas más eficientes, rutas más precisas, reducción de costos logísticos o medicina hiperpersonalizada. Un sistema capaz de analizar la biología de una persona podría ayudar a anticipar riesgos de salud o diseñar tratamientos mucho más ajustados a cada organismo.
La conversación también derivó hacia la inteligencia artificial y la idea de superinteligencia. Para Díaz, la computación clásica tiene un límite: trabaja con una lógica binaria que no alcanza para representar la complejidad de la naturaleza. En cambio, la naturaleza es cuántica. Por eso, al combinar inteligencia artificial con computación cuántica, se abre una capacidad de procesamiento que podría ampliar drásticamente lo que hoy entendemos por tecnología.
“La naturaleza es cuántica. La naturaleza es superinteligente”, sostuvo.
Ese salto, sin embargo, también trae riesgos. Uno de los más importantes es la seguridad. Díaz explicó que hace poco se pensaba que el riesgo cuántico para los sistemas actuales podía llegar hacia 2035. Luego se empezó a hablar de 2030. Hoy, según su mirada, ese horizonte podría acercarse a 2028. El problema es que una computadora cuántica suficientemente potente podría acceder a datos protegidos, cuentas bancarias, comunicaciones sensibles o secretos de inteligencia.
Por eso aparece un nuevo campo de trabajo: la seguridad postcuántica. Es decir, nuevos sistemas de protección capaces de resistir el poder de cómputo cuántico. Para Díaz, no hay que caer en el pánico, pero sí tomar el tema en serio. “Hay que prestarle mucha atención”, remarcó.
El fundador de /Q99 también planteó que la computación cuántica puede tener un peso geopolítico enorme. Los países que cuenten con poder computacional cuántico estarán mejor posicionados en defensa, inteligencia, seguridad, salud, energía y desarrollo tecnológico. Los que no lo hagan, podrían quedar rezagados.
En ese escenario, Argentina aparece con una oportunidad. Díaz sostiene que el país tiene una ventaja concreta: su base científica. “Tenemos una ventaja única, que es la ciencia argentina”, afirmó. /Q99 trabaja con el CONICET y con universidades, y reconoce en físicos, químicos, bioquímicos y especialistas en ciencias de la computación un capital clave para entrar temprano en esta revolución.
El desafío, claro, es económico y estratégico. Una computadora cuántica de aplicación real puede costar entre 20 y 40 millones de dólares. No se trata de una computadora hogareña ni de una herramienta para uso masivo inmediato. Son equipos grandes, complejos, costosos y sensibles, que requieren infraestructura, talento y alianzas.
Por eso Díaz impulsa una mirada regional. Su objetivo es que Argentina pueda convertirse en un nodo de computación cuántica para América Latina. No solo como usuario de tecnología importada, sino como parte activa de un ecosistema capaz de formar talento, generar casos de uso y abastecer necesidades regionales.
“Queremos empezar desde acá y abastecer computacionalmente a Latinoamérica”, explicó.
También fue claro sobre el rol del Estado. No espera que el Gobierno sepa de computación cuántica, pero sí que entienda que se juega una carrera estratégica. Para él, Argentina debe bajar trabas, conectarse con el mundo y prestar atención a una tecnología que puede convertirse en factor de poder.
El futuro que describe combina entusiasmo y vértigo. La computación cuántica puede ayudar a crear nuevas drogas, mejorar la predicción climática, optimizar cultivos, desarrollar nuevas formas de energía, fortalecer la seguridad informática y acelerar descubrimientos científicos. Pero también puede ser usada para fines destructivos, como toda tecnología poderosa.
La clave, insiste Díaz, está en animarse a entrar. No esperar a que todo esté maduro, no quedarse afuera por complejo de impostor y no pensar que solo los países centrales pueden participar. “No esperes el momento perfecto. Metete, probá, cagala, buscá por ahí”, aconsejó.
La computación cuántica todavía no llegó a la vida cotidiana de manera visible. Pero ya está moviendo inversiones, estrategias de defensa, investigaciones científicas y decisiones empresarias. Y si Díaz tiene razón, la pregunta para Argentina no es si esta revolución va a suceder. La pregunta es si el país va a mirar desde afuera o va a intentar ocupar un lugar propio.
Porque en una tecnología que puede redefinir la seguridad, la energía, la salud y el conocimiento, llegar tarde también puede ser una forma de quedar afuera del futuro.
