En la actualidad, la sintomatología y los trastornos relacionados con ansiedad y depresión son las afecciones psicológicas con mayor prevalencia a nivel mundial. Si bien se trata de cuadros multifactoriales que requieren un abordaje “artesanal” para y con cada individuo, existen tres factores transdiagnósticos que profundizan estos cuadros: la evitación experiencial, el perfeccionismo disfuncional y la intolerancia a la incertidumbre.
En junio de 2025, Gizem Gerdan y Ebru Salcioglu publicaron un estudio en la revista Clinical Psychology & Psychotherapy en el que exponen la importancia de la evitación experiencial, el perfeccionismo disfuncional y la intolerancia a la incertidumbre como factores transdiagnósticos en los cuadros de ansiedad y depresión. Esto llama significativamente la atención ya que culturalmente estamos cada vez más orientados a la búsqueda de certezas, el alto desempeño y la evitación del displacer.
Lo que la investigación sugiere en sus resultados es que estos comportamientos aprendidos influyen en obtener cierto bienestar en lo inmediato y en el corto plazo, pero profundizan la ansiedad y los síntomas depresivos en el mediano y largo plazo cuando no existe flexibilidad psicológica en la persona que los instrumenta.

Habitamos hoy una era de la fragilidad: tercerizamos nuestra regulación emocional a bots de IA, practicamos un afrontamiento evitativo ante los eventos aversivos tales como renunciar, abandonar o “ghostear”, dejamos de intentar logros por temor a no alcanzar el éxito o un resultado perfecto rápidamente, y escapamos a toda situación que esté cargada de incertidumbre: preferimos inventarnos respuestas y saberes que completen un vacío de información que avanzar abrazando lo incierto.
Existen múltiples factores culturales que nutren este funcionamiento: nos acostumbramos a las respuestas inmediatas y disponibles las 24 hs, confundimos capacidad con rapidez, cancelamos compras que no puedan ser entregadas el mismo día y nos perdemos en laberintos de entretenimiento constante aumentando el llamado FOMO (miedo a perderse algo).
Carol Dweck, investigadora de la personalidad y la psicología del desarrollo, postuló la existencia de la Mentalidad de Crecimiento: aunque seamos diferentes en términos de talento, intereses y temperamento, todo el mundo puede cambiar por medio de la dedicación y la experiencia; es decir, nos hacemos mejores y más inteligentes al enfrentar desafíos y realizar esfuerzos por superarlos.
En un mundo que presenta constantemente estresores y ansiógenos, generar y entrenar recursos de afrontamiento y gestión emocional resulta indispensable. No implica una invitación a naturalizar un hábitat hostil sino orientarse al crecimiento y la propia calidad de vida. En términos de demora de la gratificación y tolerancia a la frustración hemos perdido mucho en los últimos años y, sin embargo, se imponen como habilidades cada vez más necesarias.

Entre múltiples estrategias posibles para fortalecer estos aspectos, conviene dar espacio a la educación emocional y aprender a alojar las emociones desagradables sin intentar eliminarlas rápidamente, sino conversar al respecto y validarlas teniendo en cuenta que validar una emoción no implica validar cualquier reacción emocional.
Además, necesitamos validar los errores: equivocarse es una fuente de información y aprendizaje y no algo que deba evitarse. Hoy lo imperfecto cobra otro valor frente a tareas resueltas bajo la ilusión de perfección de la Inteligencia Artificial en las que no nos involucramos en absoluto.
Hay una gran diferencia entre la disposición a reconocer un problema, procesar la resolución y llegar a una posible solución y delegar o cancelar ese proceso del medio: es así como nos perdemos la posibilidad de entrenar esa mentalidad de crecimiento propuesta por Carol Dweck.
La vida implica elecciones: elegir una reacción inmediata que elimine la incomodidad en lo inmediato puede ser el inicio de un malestar de mayor dimensión y profundidad en el mediano y largo plazo.
La respuesta reflexiva, en cambio, implica contemplar opciones, valorarlas, incorporar perspectivas, ensayar escenarios y generar experiencia y sabiduría. Así, la prevención en términos de educación en habilidades emocionales, Psicoeducación y Salud Mental resulta indispensable en la era de la fragilidad.
