Ramiro San Pedro: el argentino que convirtió los aromas en un negocio millonario

noviembre 13, 2025
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Dicen que los aromas son la forma más directa de viajar en el tiempo. Un olor puede llevarte a la cocina de tu abuela, a un viaje a Nueva York o a una noche que no querés olvidar. En el caso de Ramiro San Pedro, además, lo llevó a construir una empresa que factura millones y a convertirse en una de las referencias argentinas del negocio del perfume.

Ramiro no empezó entre frascos y probetas, sino en el mundo corporativo. A fines de los 90 entró como joven profesional en multinacionales y su último cargo fue como gerente de ventas de Revlon, la compañía cosmética estadounidense. Todo parecía encaminado hasta diciembre de 2001.
“Era imposible salir a buscar trabajo en ese momento. Había 26% de desocupación. Recién casado, mi mujer embarazada de seis meses, segunda cuota de un crédito hipotecario… era otra galaxia”, recuerda.

La crisis le cerró la puerta del empleo formal pero le abrió la del emprendedurismo. Lo que hasta entonces era un deseo postergado –fundar su propia compañía– se convirtió en única salida. Y eligió seguir por el camino que más lo había marcado: la cosmética y la perfumería.

Primero fundó una compañía con socios, orientada a licenciar marcas y producir perfumes y productos asociados. En menos de diez años llegaron a tener unas 120 personas y una facturación cercana a los 45 millones de dólares. “Era una empresa grande, que había arrancado de abajo”, resume. Después vino la venta de esa firma, una mudanza a Estados Unidos, una nueva empresa de perfumería allá, otra venta… y el regreso a la Argentina para crear su tercera compañía del rubro, Craftm Sociedad Anónima, detrás de marcas como Mar Chandy Romes.

Con los golpes y aprendizajes de ese recorrido, Ramiro tomó una decisión clave: dejar de trabajar con licencias y apostar a marcas propias. “Cuando trabajás con licencia, tu valor es a tres años, lo que dura un contrato. El día que querés vender la empresa, no tiene valor intrínseco. Hacer tu propia marca es remar muchísimo, pero el valor queda en vos”, explica.

Esa lógica también atraviesa su forma de pensar los productos. No fija precios en función del costo, sino del valor percibido. “El precio no es ‘me sale tanto y le marco tanto’. Es cuántos papelitos de colores está dispuesto a darte el consumidor por eso. Tiene que ser un buen negocio para los dos: que sienta que hizo una buena compra”, plantea.

Mientras tanto, el mercado también cambió. Hoy, los perfumes árabes viven un boom particular en la Argentina. “Está hypeado en el mundo, pero acá es tremendo. Al argentino le gusta oler potente, le gusta entrar y que se note que llegó”, dice. Y conecta ese fenómeno con el origen mismo del perfume: no nació para seducir, sino para tapar malos olores.

Ramiro cuenta la escena como un cuento: en el siglo XVII, en la región de Grasse –hoy capital mundial del perfume, cerca de Cannes– se curtían los mejores guantes de cuero para la realeza. El problema era el olor “animálico” que despidiendo el material. Para disimularlo, los artesanos empezaron a meter los guantes en colchones llenos de flores. Cuando salían, quedaban perfumados. “Cuando se lo llevan a Medici, ella dice: ‘Quiero esto para mi cuerpo también’. Ahí nace el perfume. El perfume nace como matador de aromas feos”, relata.

Esa misma lógica, llevada al extremo, explica por qué en Medio Oriente los aromas son tan intensos. Entre comidas muy condimentadas, altas temperaturas y transpiración, la respuesta cultural fue usar fragancias muy fuertes. “Usan productos fuertes para matar otros más fuertes”, sintetiza. Y cuando esa estética olfativa llegó a países como la Argentina, donde gusta “que se note la presencia”, el match fue inmediato.

Pero detrás de la botella hay ciencia, técnica y mucha prueba y error. Ramiro trabaja con casas de fragancias –empresas que crean perfumes por kilo para marcas de todo el mundo– y ajusta fórmulas como quien ecualiza una canción. “Estamos un año con un perfume, ‘bajame esta parte, subime esta otra’. Si siento que dura poco, toco la base. La pirámide olfativa tiene salida, cuerpo y fondo: según dónde toques, es duración, impacto o sensación”, explica.

También rompe algunos mitos y confirma otros. En la escala de concentración, un body splash puede tener alrededor de 3% de perfume; un eau de toilette, entre 10 y 12%; un eau de parfum, cerca del 15%; y hay productos que llegan al 30%. “Cuanto más dosis, más potencia y duración, pero también más caro es el jugo. El perfume se compra por kilo”, señala.

Y, por supuesto, el olfato manda. No sólo en el gusto personal –el famoso “en vos queda bien, en mí no”– sino en la memoria. “El olfato es el sentido que más te trae recuerdos al presente. En Grasse hay clínicas psiquiátricas que trabajan los traumas con olores. Le dan a alguien una tirita para oler y vuelve, de golpe, a la cocina de su abuela. Es impresionante”, cuenta.

Esa misma lógica se aplica a algo tan cotidiano como enamorarse. Ramiro se ríe cuando le preguntan por el truco de dejar perfume en la almohada de alguien: “Funciona como anclaje. Si la pasaron bien, ese olor la va a llevar a ese momento. El perfume no crea buenos momentos: te los recuerda”.

En lo empresarial, su filosofía combina pasión y miedo en dosis controladas. “Nunca perdí el miedo. El día que perdés el miedo, estás frito. Lo importante es que no sea paralizante. Cada vez que saco un producto tengo miedo, pero es el miedo de ‘a ver qué pasa’”, admite.

Por eso también mira con buenos ojos el famoso “año sabático” para los más jóvenes: no como escape, sino como búsqueda. “Sabático no es un año de descanso, es un año de buceo interno. Si no estás convencido de lo que vas a estudiar, andate a ver el mundo, chocarte con eso que te despierta algo. No te quedes jugando a la play”, dice.

Mientras tanto, él sigue viajando, mirando vidrieras y perfumerías del mundo “como si fuera Disney”, tomando notas mentales de colores, olores y relatos. Porque, como repite, lo suyo no es sólo vender frascos: es construir historias que se cuentan a través del olfato. Y, en un país acostumbrado a las crisis, ofrecer también algo que muchos buscan incluso en los peores momentos: un pequeño lujo, una experiencia que huela a futuro.

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