Creció en una casa prefabricada con techo de cartón, atravesó una infancia marcada por la pobreza y la violencia familiar, y terminó construyendo una carrera empresaria ligada a la industria, los autos de colección y una filosofía personal: creer antes de tener todo resuelto.
Jorge Gómez habla como vivió: sin filtro, sin solemnidad y sin maquillar los golpes. Su historia empieza lejos del lujo, los autos exclusivos y las fábricas. Empieza en una casa prefabricada, con techo de cartón, padres obreros, discusiones familiares y una certeza que lo acompañó desde chico: no quería repetir la vida que había visto de cerca.
“Vivía en una prefabricada con techo de cartón. Mis viejos eran obreros. Tuve una niñez muy difícil”, contó en Emprendedores Argentinos. Su padre tenía problemas con el alcohol y la convivencia familiar estaba atravesada por conflictos cotidianos. Sin embargo, Gómez asegura que aprendió a transformar parte de ese dolor en una herramienta de supervivencia.
“Aprendí a bloquear los problemas. Eso, en mi vida empresaria, me ayudó muchísimo a caerme y levantarme”, explicó. También recuerda una exigencia fuerte en su casa: si sacaba un nueve en el colegio, su padre le preguntaba por qué no había sacado un diez. En aquel momento lo vivía como una presión insoportable. Con los años, lo reinterpretó como una escuela involuntaria de disciplina.
Pero si hubo una figura decisiva en su vida fue su madre. A ella le atribuye la seguridad que le permitió avanzar incluso cuando no tenía certezas. “Mi mamá me dio mucha seguridad. Todos los días te dicen ‘vos podés’ y vos te la creés”, resumió. Para Gómez, esa confianza temprana fue más determinante que cualquier título universitario.
No fue a la facultad. Según cuenta, un trámite demorado le exigía esperar tres meses para anotarse y decidió no perder ese tiempo. Salió a trabajar, aprendió en la calle y construyó una mirada muy crítica sobre la formación tradicional. “La verdadera escuela se hace en la práctica, en el día a día”, dijo.
Su camino no fue lineal ni prolijo. En sus primeros trabajos descubrió formas de ganar dinero rápido, hasta que una conversación con su madre le cambió el rumbo. Ella le recordó el sacrificio que había hecho para mandarlo a un buen colegio. Esa frase lo golpeó. “Mi mamá me salvó”, reconoció. Desde entonces, decidió ganar dinero por otra vía: comprar, vender, probar, equivocarse y volver a empezar.
Pasó por distintos rubros. Sirvió desayunos, trabajó en hotelería, vendió comida, fiambres, quesos y cualquier producto que pudiera mover. Durante años trabajó a porcentaje porque no tenía capital propio. Pero esa lógica lo entrenó en algo que todavía considera central: generar valor antes de tener estructura.
Su entrada al mundo industrial llegó casi por observación. Mientras repartía viandas en fábricas y talleres, notó que muchos estaban parados, pero uno seguía trabajando día y noche: inyectaba plástico. Ahí vio una oportunidad. “Si todos están mal y hay uno que trabaja un montón, hacé algo que tenga que ver con ese que está trabajando”, explicó.
Así empezó a fabricar. Encargó matrices, se equivocó, perdió dinero, tuvo productos defectuosos y recibió reclamos. Pero también aprendió una lección que después repetiría como mantra: el producto tiene que funcionar. No alcanza con vender; hay que sostener lo que se vende.
Con los años, esa vocación por hacer, vender y reinvertir se transformó en una carrera empresaria. Gómez construyó una fábrica y más tarde convirtió su pasión por los autos en Colección Gómez, un proyecto donde mezcla diseño, lujo, arte y memoria personal.
Uno de los capítulos más llamativos de su historia es su relación con Pagani, la marca de superautos fundada por el argentino Horacio Pagani. Gómez recuerda que fue a verlo convencido de que, si lograba hablar con él, podía caerle bien. Terminó comprando un Pagani Zonda cuando la marca todavía no tenía el aura actual. Pagó 345.000 euros por un auto que, con los años, pasó a formar parte de un universo de piezas casi artísticas y de altísimo valor.
También contó que más adelante quiso vender un Pagani para poner una fábrica en la Argentina. El auto costaba cerca de 4 millones de dólares y terminó vendiéndoselo a un comprador chino por una cifra atravesada por el número ocho, símbolo de buena suerte en la cultura china. Para Gómez, la anécdota confirma algo que repite como creencia personal: la suerte existe, pero hay que ayudarla.
Su filosofía emprendedora se resume en una frase: “Uno logra lo que está convencido que va a lograr”. No habla de certezas técnicas, planes perfectos ni momentos ideales. De hecho, sostiene lo contrario: nunca se tiene toda la plata, nunca es el momento justo y nunca están dadas todas las condiciones.
Por eso insiste en tres ideas para quienes quieren emprender: creer en uno mismo, aprender el negocio y mirar hacia adelante. También advierte contra una tentación frecuente: competir solo por precio. “No vendas por precio. Vendé por calidad, vendé por originalidad”, aconsejó.
A los 67 años, Gómez dice que su relación con el dinero también cambió. Durante mucho tiempo estuvo obsesionado con tener plata porque venía de no tener nada. Pero con los años llegó a otra conclusión: “Me di cuenta de que cuanto más plata tenía, menos sentía”. Hoy dice que prefiere vivir, viajar, disfrutar y dejarles a sus hijos algo más que bienes materiales.
Su historia no es la de un empresario que busca mostrarse perfecto. Es, más bien, la de alguien que hizo de la intemperie una forma de carácter. Que aprendió de los errores, de la calle, de la madre, de los negocios fallidos y de los golpes.
Y que todavía sostiene, con una mezcla de crudeza y optimismo, que el primer capital de cualquier emprendedor no está en el banco: está en la cabeza.
